Hesiquia, lejos de la violencia, con la mente ausente

VIOLENCIA
   Porque no había gas o comida, Herón le pegaba
Hesiquia, lejos de la violencia, con la mente ausente
Por: Nancy Betán Santana
CIMAC | México DF.- 03/02/2009

"Estuvo presa, pero fue inocente". Para burlar al sufrimiento, Hesiquia Núñez cuenta su historia en tercera persona; dice que ésa, él, que otras personas fueron las víctimas de los abusos, no ella.

Como maleta usa una bolsa de costal deshilachado atiborrada de hilos, estambres y un bastidor de madera para bordar. Se asoma por las orillas una manta color maíz, del mismo maíz que crece en el lugar donde nació: San Pedro del Rosal, en el Estado de México.

Hace dos semanas salió de su casa de lámina para venir a la Ciudad de México, a Mixcoac, en busca de la vida que se le perdió entre los edificios y las calles que ya no son los de hace 20 años. Volvió, con un cabeza de gallina embarrada de una pasta rojiza que parece ser mole; la trae dentro de un cartón de leche vacío para que aquel platillo "no se enfríe".

Regresa al lugar en el cual fue joven algún día, a la casa donde trabajó durante 25 años y conoció a Herón Santana: el hombre junto a quien descubrió el mar y el amor; pero también, el sabor de su propia sangre.

Hesiquia camina apresuradamente de una habitación a otra con la espalda arqueada. Su anatomía es ligera y alcanza aun las esquinas más recónditas de las paredes a sus 54 años.

Sujetada por una liga blanca, una coleta mal hecha exhibe su cabello, de un tono negro todavía dominante. Los huesos de sus hombros resaltan dentro de una blusa delgada de algodón y sus brazos, como dos vainas de vainilla, parecen infinitos.

En su rostro oscurecido por el sol de varios veranos, hay pecas que se distinguen entre múltiples tonalidades cafés. Porque Hesiquia sabe sembrar, barrer, trapear; pero también, sabe esperar.

"Me fueron a aventar al pueblo y yo estuve cinco años sentada afuera de mi casa esperando la hora en que llegara mi esposo o una de mis hijas. A veces me iba a asomar a la terminal de camiones para ver si veía a alguien hasta que se hacía de noche".

Los segundos le son arrancados todos de un solo tajo. Habla en secreto. Desde que enfermó, Hesiquia se extravía cuando relata sus vivencias.

Los médicos opinan que su mal se origina en el sistema nervioso y se niegan aún a diagnosticarle esquizofrenia, a pesar de que presenta algunos de sus síntomas, como las alucinaciones.

Cada golpe y cada grito de su marido le marcaron el cuerpo, le laceraron el alma; más de lo que sus hijas, los médicos y Herón pueden comprender.

Angélica, su hija mayor, asegura que quien habita esa casa, la casa materna que ella dejó a los diez años de edad, no es su madre. Pues el ser "desconocido" al que visita de vez en cuando, en ocasiones, la llama con otro nombre.

"Porque no había gas, o comida; por todo le gritaba y le pegaba en la cara, dice Hesiquia, narrando ajena su propia historia. Yo fui un día a acusarlo con los representantes municipales y no me hicieron caso. Por una palabra que dijo cuando le habían dicho "¡cállate!"; la encerraron y estuvo como cuatro horas adentro, sin ser culpable de nada".

Hesiquia recuerda claramente esa historia. La narra a quien se siente a su lado. Su cuerpo está vivo, pero su ánima está entregada a la muerte desde hace más de 20 años. Un súbito embiste de ésta la hace llorar sonriendo y reír con lágrimas venidas del pasado. Ya no quiere, no puede, llorar de otra manera.

"A ella la encerraron porque no me callé; por una palabra que dije. Les estaba contando cómo le había pegado Herón, y estaba sangrada, llevaba las pruebas. Pero no se salieron con la suya, porque la conciencia es una, y nada más".

09/NB/GG