OPINIÓN
Dejan morir
a enfermos de Sida
Teresa Morales Duke*
Cimac | México, DF
“Yo
no quería que muriera aunque estuviera enfermo de
Sida. Mi hijo sólo tenía 27 años. Yo
lo hubiera cuidado. Dicen que ya hay muchos adelantos de
la ciencia y que él podía vivir muchos años
todavía, pero nos tocó la de malas: le dio
apendicitis. Los médicos no quisieron operarlo por
miedo al VIH. ¿Y cómo le hace uno? Si lo que
él tenía era muy malo, ¿cómo,
pues, les exige uno a los doctores?”
La
historia de vida de Juan “N” puede ser la de
cualquier mortal. Nadie está a salvo de morir por
negligencia médica. Sin embargo, en su caso, no se
trató de una falla humana, sino de un homicidio doloso.
Falleció en uno de los hospitales del sector público
en Zacatecas donde, por estar infectado de VIH, prácticamente
se le aplicó la eutanasia fast track.
La madre de Juan relató que su hijo ingresó
al nosocomio cuatro días antes de su muerte. Le diagnosticaron
apendicitis. Las instrucciones anotadas en su ficha clínica
indicaban que debería ser canalizado al quirófano
inmediatamente. No obstante, ningún médico
quiso operarlo. Agonizó 96 horas.
Sin
duda, el problema no es sencillo. Bien podríamos
desatar un linchamiento verbal contra la institución,
la delegación X, los directivos responsables o los
médicos. Incluso contra la misma familia que cayó
en una inocente, por más que dolorosa, complicidad.
Los
padres y hermanos de Juan se rindieron, por vergüenza
o ignorancia, sin invocar la no discriminación elevada
a rango constitucional en nuestro país; sin exigir
el derecho de su hijo a vivir y a recibir, independientemente
de su condición, los servicios de salud que requería.
El
problema no sólo es casero. Desde que apareció
este virus mortal en el mundo se han escrito varios capítulos
que han puesto las cosas en su lugar. Como humanidad, hemos
evolucionado al grado de determinar que nada, ni el Sida,
puede ser causa de discriminación para procurar una
vida digna a la persona; vida digna que implica, particularmente
en estos casos, servicios médicos acordes a sus necesidades.
Salta
la interrogante: ¿el médico que opera a un
paciente con Sida corre peligro de infectarse? Nadie justificaría
que una vida sana se destruyera; mucho menos unas manos
que saben curar y que son esperanza para los enfermos. Sin
embargo, tampoco es el meollo del asunto. En hospitales
de todo el mundo son atendidos pacientes que viven con VIH
tomando las precauciones necesarias, aunque el riesgo siempre
queda abierto.
Más
bien, el problema en Zacatecas, y no dudo que en todo el
país, pone en el centro el cuestionamiento al modelo
económico que ha propiciado el caos, la caída,
la quiebra de los servicios médicos de carácter
público y la renuncia del Estado mexicano a cumplir
con la carta magna y los derechos humanos de carácter
social, entre los que se encuentra el de la salud.
No
ha de ser fácil atender a pacientes con Sida con
la saturación de hospitales públicos que están
en fase de deterioro integral. Si el cuadro básico
de medicamentos escasea, no se diga los caros fármacos
para tratar el VIH; lo más seguro es que el quirófano,
el equipo y el instrumental no den garantía o inmunidad
ni para el médico ni para los demás pacientes.
Hay
una realidad todavía más violatoria del derecho
a la salud hacia los enfermos de Sida: desde el silencio
y la perversidad se está dejando morir a estos pacientes.
El derecho a la vida se les cancela antes de que su enfermedad
lo cobre.
Es
muy probable que los delegados, directivos y médicos
del IMSS y el ISSSTE se callen ante el problema: ¿quién
quiere ser despedido en estos momentos en que el desempleo
gana más y más terreno? Parece que la solución
es hacerse de la vista gorda: nadie vio nada, nadie supo
nada, y mejor que se mueran estos enfermos. ¿Hasta
dónde hemos caído?
El
vaticinio de la quiebra de los servicios médicos
del sector público no es nuevo. Tiene décadas
cocinándose en esta economía cada vez más
entregada al neoliberalismo o al sistema de mercado.
Lo
que falla es la administración del país. Se
desvían los fondos públicos de las prioridades,
como la vida y la salud de los mexicanos, y por ende, de
los servicios que requieren ser más eficientes y
decorosos. Da impotencia, enojo y tristeza ver cómo
está siendo atendida la familia del trabajador en
las clínicas de consulta y hospitalización
del IMSS y del ISSSTE. Y la situación es todavía
peor para los enfermos de Sida.
Una
no puede dejar de indignarse. Eso que le pasó a Juan
“N” no es un caso aislado. Los médicos
se niegan sistemáticamente a operar a los infectados
por el VIH que así lo requieren.
De
ninguna manera se justifica que los médicos del sector
público se laven las manos y se eximan de responsabilidad.
Sabemos que tienen sobrecarga de trabajo y que a la larga
esto insensibiliza totalmente, pero incurren incluso en
responsabilidad penal. ¿Dónde quedan la ética
profesional y los ideales del juramento de Hipócrates?
En
principio, no podemos cerrar los ojos. El Sida se ha vuelto
un grave problema en Zacatecas, como en otros estados. Es
necesario trabajar de manera multidisciplinaria para que
vayan corrigiéndose las actitudes discriminatorias
en la atención médica, y pugnar porque se
destine mayor gasto para la salud pública y porque
haya un cambio radical en los servicios del ramo.
Alguien
podría decir, con mucha insensibilidad por cierto,
que hay que esforzarse por acceder a los hospitales privados.
La respuesta obligada sería que por supuesto, sobre
todo en esta sociedad de economía boyante, oportunidades
para todas y todos, suficiencia de empleo y de salarios
dignos. Y es que, si a cinismos vamos…
Se
trata, precisamente, de no caer en la indiferencia, en el
individualismo, en la apatía y el escepticismo mientras
estas cosas ocurren. No podemos ser cómplices por
obra o por omisión. Debemos de recuperarnos como
humanos, como profesionistas con ética y como una
sociedad civil que exige ser tomada en cuenta para que los
recursos de la nación estén al servicio realmente
de las necesidades de los mexicanos.
*Consejera
de la Comisión Estatal de Derechos Humanos de Zacatecas
05/TM/YT

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