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jueves 19 de mayo de 2005
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Serie de ocho reportajes sobre mujeres inmigrantes en España de diferentes edades, profesiones y llegadas en distintos años



La migración tiene nombre y rostro:

Susy de profesora de idiomas a empleada doméstica
-Tercera de ocho partes-

Fabiola Calvo
, corresponsal Cimac | Madrid

A Susy, le decían sus amigos que “en España se ganaba bien y la vida era tranquila”, así que no dudó en arreglar la maleta, abandonar a Kiev y emprender la aventura con su marido sin conocer ni una sola palabra en castellano

Oksana Dasurenko o Susy como le dicen en el país de adopción daba clases de Inglés y Alemán en un instituto en la capital de Ucrania, antiguo país de la desintegrada Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS).

Tanto ella como su marido, un abogado criminalista, están acostumbrados al trabajo físico e intelectual, uno y otro parte de la formación recibida en el anterior sistema. Hoy Susy se desempeña como empleada doméstica y él como obrero de la construcción.

Durante los seis años que lleva en España, nunca le ha faltado el trabajo ni ha sufrido discriminación, lo cual no es difícil de entender con su nivel de formación, don de gente, 1.70 de estatura, tez muy blanca, cuerpo delgado, expresión serena y cabello rojizo.

Llegaron con visa y en el trasegar de las oficinas del consulado español en Kiev, conocieron a un polaco que fue quien les alquiló una habitación en Leganés, pueblo de la Comunidad de Madrid y límite con la capital de España.

“El polaco nos engañaba y nos quitaba dinero”, explica la ucraniana mientras plancha una camisa en casa de una colombiana. “Él nos ayudó a conseguir trabajo pero se quedaban con casi todo el dinero. Mi marido trabajó en la construcción cuatro meses y sólo le pagaron uno”.

Son las redes que forman grupos de personas para explotar a otros, en este caso, a quienes vienen de los antiguos países del este, pero que igual sucede entre los chinos, los africanos y los latinoamericanos.

Tampoco a Susy le pagaron todo su trabajo. El polaco la llevó para que trabajara en casa de una hindú. “Yo trabajaba desde las nueve de la mañana hasta las siete de la tarde y me pagaron por dos meses sólo 300 euros. Siempre salía llorando hasta que dije, ¡No más! Y lo dejé.

El apoyo lo recibió de un español, portero del edificio donde ella residía. El hombre le ayudó a encontrar trabajo como externa cuidando tres niños. “Estaba medio día y en la tarde empecé a trabajar por horas. Estuve dos años así, ahora sólo trabajo por horas”.

Susy entró en la regularización de 2001. Presentó una oferta de trabajo –que le dieron en la casa de los niños-, su pasaporte actualizado y empadronamiento con el objetivo de obtener el permiso de trabajo y residencia. Atrás quedó la visa como turista y religiosamente paga mes a mes al Estado, la seguridad social.

PROFESORA DE IDIOMAS EN UCRANIA

No trabaja como profesora de idiomas porque los trámites tardan mucho, “no hay tanto trabajo y me pagan mejor en el servicio doméstico”.

Siente el deseo de regresar a Ucrania porque echa de menos a sus dos hijas y ellas la necesitan. Acuden las lágrimas a sus pequeños ojos y aflora un sentimiento de culpa “pero mire, en mi país pagan muy mal. Yo ganaba 70 euros (ahora pagan a profesores 200) y no alcanzaba para hacer una casa y pagar estudio a mis hijas”.

En Ucrania, según cifras localizada en Internet, del 11,7 de desempleados, el 49 por ciento corresponde a mujeres (Porcentaje de la Población Económicamente Activa)

La hija mayor, recién acaba de ser admitida en la universidad en Kiev y, al contar ese logro, la madre saca una sonrisa que deja entrever oro en un premolar, vieja costumbre tanto de su país como de algunos países latinoamericanos.

Un alto porcentaje (94 por ciento) de mujeres terminan la educación secundaria en el territorio que hasta hace 14 años perteneció a Rusia.

Susy también envía dinero a su padre y a su madre que a pesar de sus 59 y 53 años, se ven envejecidos, según se observa en la foto que enseña Susy, por el duro trabajo físico en el campo y la inclemencia de los fríos ucranianos, pero no obstante la esperanza de vida al nacer es de 68 años.

Tanto Susy como su marido quieren regresar a Ucrania para estar con sus hijas y sus padres que “se hacen mayores”. Para ella, la compañera de viaje ha sido la nostalgia aunque no añora el trabajo duro de la casa de su padre.

Para esta mujer ha sido fundamental la compañía y apoyo de su marido con quien toma las decisiones y resuelve la vida cotidiana. Si ella no está o no puede, él se ocupa de las tareas domésticas. “Así son los hombres de mi país”, pero que reclaman que sus mujeres lleven su apellido una vez se casan, así puedan optar por mantener el de solteras. También los bienes están a su nombre.

CON NUEVAS ESPERANZAS

Ucrania tiene su esperanza puesta en Víctor Yushchenko, el nuevo presidente y jefe de estado. Susy espera que él cumpla las promesas que mejorarán la situación de su país. “Aunque la verdad mi país es tranquilo, no tenemos problemas de droga pero no hay trabajo”.

Las últimas elecciones coincidieron con un viaje que la pareja tenía para reunirse con su familia en Kiev. Estaban en carretera y apuraron todo lo que les fue posible para participar en la jornada democrática.

El retorno de ambos parece que está cerca. Él se marchará para terminar la casa y vendrá cada tres meses. Susy continuará con su trabajo por lo menos dos años más.

En Ucrania pueden regresar a sus trabajos. Ella a enseñar idiomas –Habla cinco- y él, por el peligro, dejará el suyo para buscar algo diferente.

El momento les permite disfrutar de la compañía de amigos de todas las nacionalidades, de la familia en Madrid que ha llegado poco a poco, salidas o reuniones los domingos y estar en contacto telefónico con la familia.

En verano van a Ucrania o traen a sus hijas. No importa que de ida estén tres días en carretera dentro del coche y al regreso igual. "Estamos juntos".

2005/FC/SJ


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